Apego y deseo insaciable

Reflexión de www.redmindfullness.org:

Muchas veces hablamos de apego cuando nos referimos al placer, a las sensaciones agradables, a las circunstancias ideales o a las experiencias o personas que nos hacen sentir “bien” (y todo lo que “bien” puede llegar a implicar). Cada vez que experimentamos algo que nos hace sentir bien (desde una rica comida hasta una buena relación de pareja), aparece la posibilidad bastante habitual de generar apego: nos aferramos, apretamos fuerte los puños para sostenerla y no dejarla ir, sufrimos cuando se acaba y entramos muchas veces en una dinámica de búsqueda constante por conseguirla nuevamente. Cuando entramos en este espacio de apego y deseo insaciable por aquello que nos hace sentir “bien”, podemos sumergirnos en una sensación de insatisfacción en la medida en que eso que buscamos “no está en el presente”. En un nivel, este es el estado mental o existencial al que hace alusión el término dukkha, que Buda utilizó para nombrar esa sensación habitual de insatisfacción que nos impide estar abiertos a la experiencia, felices en el sentido más profundo de la palabra y verdaderamente presentes.

Pero ¿qué significa que algo, una experiencia, una persona, una sensación nos haga “sentir bien”? O más específicamente, ¿frente a qué experiencias que nos hacen “sentir bien” tendemos a generar apego? Porque si observamos profundamente, hay una infinidad de eventos, interacciones y experiencias que sin duda nos hacen sentir bien (aunque pasen desapercibidas) pero frente a las cuales no solemos generar apego: la brisa fresca de la primavera rozando nuestra piel, la respiración, el abrir los ojos cada mañana y poder ver los distintos colores del mundo, la naturaleza, una buena conversación y así una diversidad inabarcable de pequeñas de cosas. Pero hay otro tipo de cosas, o más precisamente otra forma de relacionarnos con las cosas (porque todo es susceptible a transformarse en objeto de nuestro apego), que nos hace “sentir bien” de otra forma. Cosas o relaciones sin las cuales creemos que nos sentiríamos vacíos, incompletos, aburridos, insatisfechos, acabados, angustiados, sin sentido.

Hay un “sentirnos bien” que tiene que ver con una sensación de estar aferrados a algo, de estar parados sobre un piso sólido y estable, y que sin él nos sentiríamos solos y la vida perdería todo sentido; frente a la posibilidad de su ausencia, nos aterramos. Estas “cosas” que nos hacen sentir bien suelen ser hábitos, actividades, relaciones, modos de relacionarnos, pensamientos y objetos que reafirman un sentido sólido de nuestro ego, que nos hacen sentir que somos quienes somos: un “yo” al que le gusta esto y no lo otro, un “yo” que es y se comporta de una manera determinada, que tiene unos proyectos, visiones, deseos, opiniones e intereses y no otros. En este nivel podemos decir que más allá de si las experiencias, las relaciones o las situaciones frente a las que nos apegamos son agradables o desagradables, el apego surge porque buscamos ser reafirmados como algo sólido, firme y existente, y nos enfurecemos, nos aterramos, nos deprimimos -abierta o silenciosamente-, cada vez que este sentido del yo es por distintas circunstancias amenazado.

Para ponerlo en términos más concretos, podemos pensarlo como esa necesidad o seguridad implícita de contar con que hay ciertas cosas, planes, relaciones o expectativas que se van a cumplir, que se mantendrán fijas y sólidas y nos seguirán sosteniendo y nutriendo. Esto puede ir desde las relaciones familiares, nuestras amistades, nuestro trabajo o nuestra casa, hasta nuestro estatus social, nuestra cuenta bancaria, nuestros roles y hábitos alimenticios. Y la mayoría de nosotros hacemos lo posible por preservar lo que sea que nos identifique y reafirme como aquello que somos, sufriendo cuando cambia o lo perdemos. Pero está la muerte, están las pérdidas, están las circunstancias que van más allá de nosotros y nos impiden que nuestras expectativas se cumplan al pie de la letra. Porque es inevitable que las cosas cambien y se acaben, y tal vez, frente a esa realidad, el piso sobre el cual sentimos que estamos parados no es precisamente el soporte al que en realidad estamos invitados a descubrir.

La reacción de miedo y angustia frente a la posibilidad de la muerte y la pérdida, sobre todo de aquello a lo que estamos aferrados con más fuerza, de aquello que es “nuestra vida”, puede que surja porque no estamos familiarizados con ese vacío que está por debajo del ritmo en que todo nace y muere. La monja budista Pema Chödrön sugiere que es sólo cuando comenzamos a exponernos una y otra vez a la disolución natural de las cosas, aquello que es indestructible en nosotros puede ser encontrado. Tal vez a lo que se refiere es a una actitud amplia, abierta y valiente de no aferrarse, de dejar ir, de estar dispuestos a morir una y otra vez, y puede que sea esto lo que justamente nos puede dar un sentido de firmeza, seguridad e incluso certeza, mucho más sólido que la solidez que buscamos infructuosamente en las cosas materiales e impermanentes en las que solemos encontrar el más preciado refugio.

El Buda definió tres tipos de apego: el apego a las experiencias agradables, el apego a ser y el apego a no-ser. Tras identificar estas tres tendencias de la mente humana su invitación consistió en el camino del medio. Esta actitud de valentía radical, de no aferrarnos y dejar ir, de estar dispuestos a morir una y otra vez y en eso poder re-descubrirnos como algo más amplio y fuerte no implica, por supuesto, adoptar una actitud indiferente y no generar relaciones, trabajos, identidades firmes, profundas y auténticas. No significa cerrar el corazón y crear una coraza frente a la vida debido al hecho de que todo se acabará. Significa abrirnos completamente y a la vez enfrentar con los ojos abiertos la incertidumbre, la transformación, y la oscuridad que es siempre cuna de lo nuevo y lo inesperado. La invitación es a estar completamente vivos y sostenernos a nosotros mismos y a cada experiencia con las manos abiertas, en contacto, pero con soltura.

Práctica

La invitación de esta semana es que hagamos una exploración sincera y honesta de aquellas cosas que existen en nuestra vida y que sostenemos con las manos apretadas. ¿A qué nos sentimos aferrados? Es importante que al hacernos esta pregunta consideremos que estamos entendiendo el aferramiento por un apego excesivo, que si bien nos tranquiliza y en lo inmediato nos hace sentir bien, a la larga nos puede estar haciendo daño de alguna manera, o nos puede estar impidiendo florecer. Puedes elegir la intensidad del aferramiento: tal vez estás muy apegado/a a una manera de alimentarte que no sea muy sana y esté dañando tu cuerpo. Tal vez estás apegado/a a la creencia de que el mundo está contra ti, lo cual te hace pasar la mayor parte del tiempo interpretando situaciones y alimentando pensamientos que reafirmen esa creencia. Tal vez estés sosteniendo la relación con tu pareja, con tu hijo o con tus padres con tal aferramiento que el espacio de libertad que podría existir entre los dos se transforme en ahogo.

Una vez que identifiques algo a lo que te sientas aferrado, puedes observar lo siguiente: ¿cómo es mi relación con este hábito, situación objeto o persona? ¿Qué me pasa frente a la posibilidad de perderlo? ¿Qué siente mi cuerpo? ¿Cómo se manifiesta en mi mente, en mis emociones y en mi cuerpo la sensación de necesitar tenerlo? ¿Qué creo que me pasaría si eso dejara de existir? ¿Siento miedo, pena, rabia? ¿Qué imagen sostengo de mí misma/o en relación a esta persona u experiencia frente a la que me siento apegada/o? Simplemente explora aquello que vaya surgiendo sin juzgarte, teniendo presente que esta tendencia a sentir apego es totalmente natural y en gran parte necesaria, y que la mayoría de las veces está vinculada a nuestro deseo por ser felices, por ser amados, por estar presentes y sentirnos vivos.

Una vez que hayas realizado esta exploración, puedes preguntarte: ¿de qué manera esta actitud de aferramiento contribuye a mi bienestar, al despliegue de mis cualidades, de mis potenciales, a mi crecimiento? ¿Contribuye o no contribuye? ¿Qué cosas pequeñas puedo hacer para abrir mis manos y generan un poco más de espacio y libertad en mi relación con eso a lo que me aferro? Observa con apertura las respuestas que surjan. Hay muchas cosas concretas que se pueden hacer para soltar y abrir espacio, y en general tienen que ver con cosas que faciliten el estar con nosotros mismos de manera auténtica, con experiencias que nos permitan mirarnos con honestidad. Muchas veces el apego surge como una manera de no ver aquello que dentro nuestro añora ser visto, y que de ser visto se abriría la posibilidad de continuar creciendo y floreciendo.

Recuerda que para que las semillas broten la tierra no puede estar apretada; necesita tener aire entremedio, necesita soltura y espacio, y ese aire es el que se genera cuando soltamos, cuando abrimos las manos y el corazón, dispuestos a dejar ir lo que por naturaleza es libre y cambiante.

Que tengas una buena práctica.

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CHARLAS ORIENTATIVAS GRATUITAS

18, 23, 26 de Enero 2018
Lugar: Casa de Espiritualidad de las Hermanas de la Caridad, en Son Roca, Palma (Carrer Rev. Gabriel Bestard, 3 A- 07011 Son Roca), en frente de la Iglesia de Son Roca.
Acceso fácil (5 mins de Son Moix). Parking propio en frente de la Casa de Espiritualidad.

2018 Próximos Programas MBSR de Reducción del Estrés basado en Mindfulness

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